La jungla de asfalto

Los ayuntamientos deberían plantearse seriamente el estado de las calles.
Ayer paseando con unos de mis zapatos preferidos de tacón tropecé con una baldosa, intenté mantener el equilibrio pero ahí estaba en el suelo con una herida en la rodilla derecha y un zapato destrozado.
Una señora muy amable me ayudó a levantarme y me dijo que hacía meses que esa baldosa estaba rota y que no era la primera persona que tropezaba. Oí que alguien comentaba que la culpa era de los tacones que usábamos algunas mujeres, le respondí con furia que no tenía nada que ver y que yo como cualquier ciudadano tenía el derecho de vestir y calzar como quisiera y la administración el deber y obligación de mantener, revisar y reparar nuestras calles.
Estaba muy enfadada y disgustada por la pérdida tal vez de mis zapatos, los llevé al zapatero y no me diomuchas esperanzas, el próximo martes sabré algo.

Cuando volvía hacia casa – antes me compré unos topolinos muy monos, tenía que hacerme un regalo después del percance – empecé a fijarme en el estado de las aceras y la poca accesibilidad para las personas con minusvalía, para los cochecitos de bebés, para los carros de la compra y para las personas mayores o con alguna dificultad, es muy triste que en ciudades que se suponen que son modernas y avanzadas sean tan poco accesibles.

El principio

Desde que era una niña sabía escoger un buen zapato, un zapato diferente, un zapato que me hacía sentir especial. 
Pertenezco a una familia obrera y el dinero nunca sobraba en casa, pero mi madre se las apañaba para que mi hermana y yo fuéramos vestidas y calzadas con ropa y zapatos de bastante calidad. Ella nos enseñó a invertir en calidad y no en cantidad, a parte de muchas cosas más. Aprovecho para darle las gracias.
Si íbamos con mi padre a comprar nos llevaba a Can Sagarra, fabricante de zapatos pensados para tener una larga vida. Si tenías unos pies delicados te los podía machacar en una hora.

La historia siempre se repetía: cuando llegábamos a casa con nuestros zapatos nuevos mi madre ponía el grito en el cielo y se los hacía devolver, a pesar de que mi padre le argumentaba que eran muy baratos y nos durarían toda la temporada,  el esfuerzo no servía para nada.
Entonces ella se encargaba de la compra. Ella tenía sus tiendas, tiendas de zapatos donde podía confiar.
Yo aprendía deprisa, había todo un mundo por descubrir que quería conocer, pero me faltaban medios y edad. El cine y las revistas fueron en ese momento una fuente de información para adivinar que los zapatos no solo sirven para calzar.
Anécdota de la época:
Una prima de mi madre me regaló unas merceditas de charol compradas en Francia, todo un lujo. Me empeñé en ponérmelas para ir al colegio. Antes de entrar en clase me entretuve mirando a los chicos que estaban haciendo gimnasia, resbalé y caí por las escaleras cortándome la lengua con mis propios dientes (por suerte no del todo) Estuve hospitalizada varios días sin poder hablar, pero cuando pude hacerlo lo primero que dije fue: ¿Dónde están mis merceditas?

¿Es qué los escalones desgastados de mi escuela y mis zapatos nuevos eran incompatibles?

PS: cuando esto sucedió tenia 4 años! Todavía conservo una “interesante” cicatriz en la lengua.